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En 1980, tras el nacimiento de su segunda hija, Nicole Tremblay tuvo una trombosis cerebral.
Aunque para los médicos occidentales, esta joven psicóloga canadiense tenía los días contados, se curó gracias a la medicina oriental. Apasionada por esto decidió dedicarse a su estudio. Una mañana después de tres años se produjo en ella un fenómeno particular:
su energía comenzó a moverse en círculo del coxis a la cabeza, pasando por el ombligo.

La sensación era extraña y poderosa: física pero también psíquica. Nicole no encontraba palabras para explicar el fenómeno.
Lo tuvo a través de antiguos escritos chinos que llaman a esto "pequeña circulación celeste": la condición más profunda del tantra.

En la antigua China, la sexualidad estaba considerada como una medicina ya que la energía sexual bien canalizada tiene poder curativo.

En el tantra, el amor comienza por uno mismo. Por tener confianza en nosotros mismos.
Por escuchar nuestra voz interior y rechazar los conceptos de culpabilidad y maldad imbuidos por la religión y la sociedad.

Hay que fomentar la espontaneidad y aprender a disfrutar del placer que nos merecemos.
El primer paso para la felicidad es la auto aceptación. Si no nos aceptamos plenamente, difícilmente podremos aceptar a nuestra pareja.

En el tantra, la unión sexual es algo sagrado, aporta un nivel profundo de comunicación en la pareja y hay que vencer temores
y resistencias para asimilar energías más sutiles e intensas. El tantra lo acepta todo. No prohíbe nada. Es libre.

Cualquier experiencia que viva una persona, independientemente de cómo sea considerada socialmente,
es una oportunidad inapreciable de aprendizaje.